


Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía”. (Gn. 28:16)
La historia de Jacob tiene mucho que ver con la del cristiano. Él no era el primogénito, aquel que naturalmente heredaría la bendición. Pero, así que nació, ya tenía su mano agarrada en el talón de su hermano gemelo. Por eso es llamado por muchos de engañador, lo que es un error. Jacob fue más noble que su hermano y conquistó el lugar privilegiado de patriarca del pueblo escogido y de ancestral de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Examinando las Sagradas Escrituras, con ayuda del Espíritu Santo, vemos que los acontecimientos en la vida de este hombre tienen que ver con la voluntad de Dios. El mayor tendría que servir al menor.
La conquista de la bendición - Quien es carnal siempre perderá, pues la inclinación de la carne es la muerte. Esaú no se preocupaba por las cosas de Dios. Dice la Biblia que él era del campo - hombre valiente y cazador, sin embargo, rudo. Jacob, al contrario de su hermano, vivía en tiendas, tranquilo, contemplativo y simple, pero, al mismo tiempo, interesado en las cosas espirituales. Él era una persona que esperaba en Dios. ¡Quién espera en el Señor siempre vence!
Esaú, luego, se buscó dos esposas heteas que fueron una amargura de espíritu para sus padres. Jacob decidió esperar en Dios. Cierto día, Esaú llegó del campo con hambre y vio que Jacob había preparado un guisado de lentejas. Entonces, le dijo, a su hermano que lo dejara comer de ese guisado. Jacob negoció y consiguió de Esaú la promesa de cambiar su derecho a la primogenitura por ese guisado. Más tarde Rebeca, su madre, insistió para que Jacob tome posesión de lo que, lícitamente había conquistado, haciéndolo vestirse con las ropas de su hermano para recibir la bendición de su padre, Isaac. Yo ya escuché decir a personas famosas que él robó la bendición del hermano, o que lo engañó. Yo estoy de acuerdo, porque el propio Isaac le dijo a Esaú: Tu hermano vino con engaño y se llevó tu bendición. (Gn. 27:35)
La importancia de la obediencia - Cierto día, Isaac le dijo a Jacob que fuera a la tierra de los parientes de su madre. Allá, él debería conseguir una esposa (Gn. 28:12). Él rápidamente obedeció. La obediencia es uno de los requisitos básicos para el que quiere agradar a Dios. En ella hay una gran recompensa. Las orientaciones del Señor deben ser obedecidas y nunca despreciarlas o cuestionarlas.
Mientras iba a Padan-Aram donde fue enviado por su padre, Jacob tuvo un encuentro con el Señor que cambió su vida. El Señor le prometió que lo acompañaría y que haría de él una persona bendita, así como hizo de su padre Isaac y de Abraham, su abuelo.
La decisión correcta - Durante su caminada, Jacob llegó a un cierto lugar. Ya estaba anocheciendo. Él se detuvo, escogió una piedra, la puso como cabecera, y se acostó en ese lugar. Al dormir, soñó que veía una escalera puesta en la tierra y cuya parte superior alcanzaba al cielo, en la que los ángeles de Dios subían y bajaban. (Gn. 28:12)
Como ya dije, la trayectoria de Jacob tipifica la nuestra. Mientras es día, debemos caminar; o sea, mientras nos están revelando la Palabra, es necesario continuar, tomar decisiones. Pero, cuando la noche cae (las revelaciones cesan), es necesario detenerse y no dar ni un paso más; en otras palabras, nosotros no debemos tomar decisiones hasta que el sol (la Palabra) brille de nuevo (se revele). La vida natural se parece mucho a la vida espiritual.
Él escogió una piedra, la que más le agradó e hizo de ella una cabecera. Eso nos enseña que debemos escoger una de las promesas que Él nos hizo y poner en ella nuestra fe. Mientras dormía, el Señor le dio una revelación a Jacob y le hizo de nuevo la promesa que les había hecho a sus padres. Cuando se despertó, él tomó la piedra que le había servido de cabecera, derramó sobre ella aceite e hizo de ella la columna de la casa de Dios. Ese hecho nos revela una buena lección: nosotros debemos asumir la promesa que el Señor usó más para hablarnos, poner en ella nuestra unción, y volverla en nuestra plataforma de vida y columna de nuestro ministerio.
En 1984, después que pasé más de dos años sufriendo con un resfriado, o rinitis alérgica, el Señor me permitió conocer, mientras leía el libro El Nombre de Jesús, de Kenneth Hagin, la doctrina de la fe real que yo llamo de la determinación. La revelación iluminó mi corazón y me abrió la comprensión por dos pasajes bíblicos que yo ya sabía de memoria, pero que no había entendido bien. El primero está en San Juan 14:13, en que se lee: Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. En un abrir y cerrar de ojos, me di cuenta en donde estaba errando. Hagin escribió que la palabra pidáis fue mal traducida. Este verbo, en el griego, quiere decir exigir, determinar. Desde entonces supe que no era más necesario pedir mi cura, sino determinarla, o exigirla. El segundo pasaje está en San Marcos 11:22-23: Respondiendo Jesús, les dijo: -Tened fe en Dios. De cierto os digo que cualquiera que diga a este monte: “Quítate y arrójate en el mar”, y no duda en su corazón, sino que cree que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Sólo era seguir las orientaciones. Y fue lo que yo hice.
Sería una completa locura de mi parte, si despreciara la piedra (la revelación) y continuara orando al Señor para que me diera una nueva revelación. Esta piedra que el Señor me había acabado de dar, era como la puerta del cielo. Al exigir lo que aprendí, mi resfriado acabó completamente. Todo lo que yo hice fue poner sobre la piedra mi unción - mi comprensión. Desde entonces, esa "puertita", que es la revelación, me está ayudando a entrar por la Puerta (Sl. 100), que es el Señor Jesús y asumir todo lo que me pertenece en Cristo. Nuestro encuentro con Dios ocurre en la revelación de la Palabra que Él permite que tengamos. Es en la revelación de la Palabra que el Señor está.