


La fe, es uno de los asuntos más mal entendidos entre las personas. Ni siquiera los mismos predicadores saben lo que es la fe. Una vez estaba reunido con algunos pastores y les dije que me definieran lo que es la fe. Ellos se callaron. Como yo insistí con la pregunta, uno de ellos se aventuró y me dijo: “fe es cuando uno cree mucho”, cosa que no es verdad.
Los diccionarios no consiguen explicar lo que es la fe. Para los eruditos, es sinónimo de creencia, por ejemplo: fe bautista, fe católica, fe budista, fe musulmana, etc.
Sólo hay dos explicaciones para la fe. Ellas están escritas en Hebreos 11:1 donde dice: “La fe es la constancia de las cosas que se esperan y la comprobación de los hechos que no se ven”.
Aquí tenemos, entonces, el significado de la fe. Primero, ella es una seguridad, es la constancia que viene a nuestro corazón cuando oímos la Palabra de Dios. Segundo, ella es la prueba (el documento) de lo que no se ve. La persona que recibe la fe está segura de que lo que Dios le prometió ya le pertenece y, al mismo tiempo, esta seguridad le da condiciones de confesar que ya tiene la bendición, porque ella es la prueba - el documento de propiedad de la bendición.
No se adquiere fe orando, ni se transmite de persona a persona. Dice la Santa Biblia que ella viene a nuestro espíritu cuando oímos a la Palabra de Dios: “Por esto, la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo”. (Rm. 10:17)
La importancia de la fe - Ella es de vital importancia. Sin ella, nadie conseguirá ninguna bendición. Es como un camino que abrimos para que el Señor venga a trabajar en nuestras vidas: “Y sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que es galardonador de los que le buscan”. (Hb. 11:6)
La fe es su suerte, su vida. Nunca la desprecie. Cuando alguien predica la Palabra, o lee la Biblia, este muy atento, porque es en ese momento que el Señor habla al corazón. Aquello que Dios le muestra a través de la Palabra, la revelación que hace con que se sienta poderoso, la seguridad de que cierta bendición es suya; es lo que necesita para tomar posesión y ser victorioso. Sin esa seguridad, es en vano entrar en la batalla, pensando que vencerá y que, de alguna forma, Dios le ayudará. Pero, si la tiene en su corazón, ya puede confesar la victoria.
El ejemplo de Abraham - Muy joven, el Señor lo llamó para salir de su tierra e ir a otra que le mostraría: Entonces Jehová dijo a Abram: "Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Yo haré de ti una gran nación. Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición” (Gn. 12:1-2). Confiando en el Señor, él salió, con su joven y hermosa mujer y peregrinó en Canaán como si fuera tierra extraña. Pero él tenía un problema: su mujer era estéril. Sin embargo, el Señor le había dicho que de él haría una gran nación.
Los años se fueron pasando y Dios todavía no había curado a su esposa. Un día, en un cierto reino, pasó una cosa: Abraham casi perdió a Sara. Con la intervención del Señor, ella le fue devuelta y el rey de ese pueblo le dijo que todas las mujeres del reino estaban estériles. Abraham rogó al Señor por ese pueblo y Dios curó a todas las mujeres, pero la suya continuaba estéril. Con la actitud de un verdadero siervo de Dios, él no murmuró, continuó creyendo en Dios.
El tiempo se pasaba y la promesa no se cumplía. Él estaba con 86 años y Sara con 76. Humanamente hablando, era imposible que sean padres. Sara tuvo una debilidad y le dijo a Abraham que tenga un hijo con Agar, su sierva, (hoy conocido como madre en alquiler). Sara prometió que aceptaría al hijo de Agar como si fuese de ella. Abraham aceptó y, entonces, nació Ismael, que le dio mucho orgullo. Pero el Señor le dijo que este no sería el heredero de la promesa, sino, quien nacería de Sara.
Abraham estaba con 99 años y Sara con 89. Del punto de vista humano, era completamente imposible que les naciera un hijo. El Señor visitó a Abraham de nuevo y le dijo: “Abram tenía 99 años cuando Jehová se le apareció y le dijo: -Yo soy el Dios Todopoderoso; camina delante de mí y sé perfecto”. (Gn. 17:1). En otras palabras, el Señor le dijo: “Yo no tengo problemas. Si todavía no cumplí la promesa es por tu causa. Yo soy el Dios Todo Poderoso - El que todo lo puede. Sé correcto en la vida. Anda en mi presencia, sé perfecto y yo haré la obra”.
Abraham creyó en estas Palabras y una felicidad indescriptible tomó cuenta de él: Entonces Abraham se postró sobre su rostro y se rió diciendo en su corazón: “¿A un hombre de 100 años le ha de nacer un hijo? ¿Y Sara, ya de 90 años, ha de dar a luz?” (Gn. 17:17). Y el Señor cumplió Su promesa.
¿Qué fue lo que hizo para que Dios cumpla Su promesa? Fue la actitud de Abraham. Él creyó lo que el Señor le había dicho y no permitió que el diablo anule la fe que había en su corazón. Sin debilitarse en la fe, él tuvo muy en cuenta su cuerpo ya muerto (pues tenía casi cien años) y la matriz muerta de Sara. Pero no dudó de la promesa de Dios por falta de fe. Al contrario, fue fortalecido en su fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios, quien había prometido, era poderoso para hacerlo. (Rm. 4:19-21)
Examinando la actitud de Abraham, vemos que tenemos mucho que aprender, desde el momento en que nosotros recibimos la fe hasta cuando el milagro ocurre:
1° - Él no se debilitó en la fe.
2º - Él tuvo muy en cuenta su cuerpo ya muerto y la matriz muerta de Sara.
3° - Pero no dudó de la promesa de Dios
4º - Fue fortalecido en su fe, dando gloria a Dios,
5º - Estaba plenamente convencido de que Dios era poderoso para hacer lo que había prometido.
En otras palabras: él no desechó la fe. Él se estableció en ella y pudo, de esa manera, permitir que el Señor cumpla en la vida de ellos lo que había prometido.
Su participación es importante - Cuando usted oiga la Palabra de Dios, no deseche la fe que viene a su corazón. Ella es como un ministerio y siempre será un desafío. Ella es parte de Él en su vida. Con fe, usted vencerá. En otras palabras, ella es lo que Dios hará por usted y es lo que usted también quiere que haga. En el día del juicio, usted prestará cuenta de la fe que el Señor puso en su corazón.