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Es usted quien hace la obra.

El desconocimiento de quien somos y de lo que podemos hacer es el motivo del sufrimiento de muchas personas que, aunque son de Dios, viven derrotadas, pidiendo ayuda al Señor: “Mi pueblo es destruido porque carece de conocimiento...” (Os. 4:6)   

En el libro de Hechos de los Apóstoles hay un ejemplo de una persona que no participaba directamente del ministerio de la Palabra, pero que fue usado por el Señor para hacer maravillas: “Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y milagros en el pueblo”. (Hch. 6:8)

¿Cuál era el secreto de Estaban? ¿Será que él era uno de los privilegiados del Señor? No, Dios no tiene privilegiados. Yo puedo afirmar que él es un símbolo del cristiano normal.   

Nuestro hermano del pasado se había convertido, aceptando al Señor Jesús como Salvador, y lo servía de corazón abierto, hasta que un día fue llamado para cooperar en el trabajo del Señor en la parte material. La decisión de escogerlo salió  de los apóstoles que estaban sobrecargados con la distribución de víveres entre las viudas griegas y hebreas, de tal forma que necesitaban de ayuda en ese trabajo. Llegaron a la siguiente conclusión: “Así que, los doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: --No conviene que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir a las mesas. Escoged, pues, hermanos, de entre vosotros a siete hombres que sean de buen testimonio, llenos del Espíritu y de sabiduría, a quienes pondremos sobre esta tarea. Y nosotros continuaremos en la oración y en el ministerio de la palabra”. (Hch. 6:2-4)

Ellos decidieron escoger personas para cuidar de la parte material de la obra de Dios, para que pudieran dedicarse solamente al ministerio de la Palabra y de la oración, pues eso es lo que todo ministro del Evangelio debe hacer.   

Entre los elegidos estaba Esteban que, a pesar de ser nombrado administrador material, no despreció la vida espiritual. Sirvió al Señor y a Su Palabra, al punto de llenarse de fe y de poder. Él logró los dos elementos que vuelven a una persona sierva eficaz en el Reino de Dios.   

La fe, se define en Hebreos 11:1 como  “la constancia de las cosas que se esperan y la comprobación de los hechos que no se ven”. Nadie se llena de fe por casualidad, o por decisión peculiar del Señor. La fórmula bíblica para lograra la fe es la siguiente: “la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo”.  (Rm. 10:17). Puede afirmarse que, mientras más oímos la Palabra de Dios, más fe adquirimos.   

Con respecto a la formula para recibir el poder de Dios, ella se encuentra también en la Biblia: “Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra”. (Hch. 1:8)   

Sería bueno si todos fueran bautizados en el Espíritu Santo; así, todos tendrían la plenitud del poder celestial. La Palabra de Dios dice que el que no es bautizado, además de perder todas las bendiciones, no tiene el Espíritu Santo y no es de Dios. (Rm. 8:9)   

No pierda la esperanza - Es posible que algún lector que ya aceptó a Jesús como Salvador, pero que todavía no es bautizado en el Espíritu Santo, esté pensando: “Yo no tengo ningún poder, porque todavía no soy bautizado en el Espíritu Santo”. Eso no es así.

Es verdad que la plenitud del poder viene con el revestimiento del Espíritu Santo, y eso es una de las mejores cosas que puede pasar con cualquier hijo de Dios. Pero los que todavía no son bautizados no deben dejar que el enemigo los engañe, porque hay una buena noticia. En 1 Corintios 1:18 está escrito:Porque para los que se pierden, el mensaje de la cruz es locura; pero para nosotros que somos salvos, es poder de Dios”.

Los que todavía no son salvos no entienden como nosotros servimos a Dios. Para ellos, es locura nuestra dependencia a Él. No saben que nosotros nos sentimos en plena libertad por el simple hecho de no ser esclavos del pecado y de los pensamientos malos. Tampoco no entienden, que verdaderamente somos curados; prosperamos y resolvemos nuestros problemas a través de la Palabra.    

Todo esto, para los que perecen, es como locura, tontería, falta de madurez. Pero, para nosotros practicantes de la fe, es lo más sabio.   

Para el que cree, la palabra de la cruz es el poder de Dios, independientemente si la persona ya fue bautizada o no en el Espíritu Santo. La palabra de la cruz es el mensaje del Evangelio que oímos y abrazamos. Ella trae consigo la fe y el poder de Dios al que la  escucha. Es claro que el enemigo se esfuerza para que no entendamos de esa manera y para que vivamos lejos de la realidad, porque, sólo así, él puede continuar atacándonos. Pero eso no debe ocurrir más en su vida. De hoy en adelante, use el poder que posee en Cristo y exija que el diablo desaparezca de su vida; no se quede con nada que le pertenezca a él.

Entienda bien: cuando usted sigue al Evangelio, recibe la palabra de la cruz, el mensaje de lo que fue cumplido en el Calvario en favor de la humanidad. Esta palabra le da suficiente fe y poder para ser un victorioso.

Es usted quien hace la obra - Usted ya tiene en su vida la fe y el poder necesario para hacer la obra de Dios. Entonces, hágala ahora mismo.

Volviendo ahora a Hechos 6:8, vemos que Esteban hacía prodigios - cosas extraordinarias - y señales entre el pueblo. En ningún lugar del texto dice que Dios actuaba en lugar de Esteban. El que está lleno de fe y de poder no sólo está autorizado para hacer igual que Esteban, como también para repetir los milagros del propio Señor Jesús en Su ministerio terrestre y hasta cosas más grandes todavía: “De cierto, de cierto os digo que el que cree en mí, él también hará las obras que yo hago. Y mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre”. (Jn. 14:12)   

Todos que reciben la palabra de la cruz pueden y deben hacer como el Señor Jesús hizo. El que está lleno de fe y de poder es autorizado por el Señor a actuar en Su Nombre, logrando los mismos milagros, expulsando los demonios y bendiciendo al pueblo como Él lo haría si estuviera aquí en nuestro medio. Eso funciona ahora, ahí mismo donde se encuentra. Entonces, levántese y, en este momento, tome posesión de su bendición. Reprenda al enemigo que lo está perturbando, mande que el mal salga inmediatamente. No acepte cualquier dolor o enfermedad en su cuerpo.   

Si usted, ahora, actúa en el nombre de Jesús, puede estar seguro que pasará como si fuera el propio Señor Jesús actuando personalmente. El Nombre de Él en sus labios tiene el mismo poder. No deje de alabar al Señor.


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