


Hay un secreto en el ministerio del Señor Jesús y de los apóstoles que nosotros tenemos que aprender para que actuemos como ellos. La unción que ellos tenían no era diferente de la que el Señor nos da; la generación de ellos tampoco era especial. Ellos tenían una comprensión de la Palabra de Dios que los hacía actuar como si fueran el propio Dios. En San Juan 14:12, Jesús afirmó: “De cierto, de cierto os digo que el que cree en mí, él también hará las obras que yo hago. Y mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre”. San Pablo, el gran apóstol, dijo: “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” Aquí tenemos dos textos dictados por el Espíritu Santo que nos dicen que ahora no hay motivo para que el cristiano fracase, al contrario, nos incentiva a que tomemos posesión de nuestra bendición.
El problema es que nos enseñaron mal. Por todas partes dicen que nosotros no merecemos nada y que es por pura misericordia que el Señor nos salva y nos da alguna bendición. Eso es un engaño. Y quizá ese sea su problema. La gran verdad es la siguiente: Usted, independientemente de quién sea y del mal que está sufriendo, puede ser curado ahí mismo donde se encuentra o puede tener el principio de su liberación. Todo lo que necesita saber es que fue incluido en la muerte de Cristo.
Él sufrió en su lugar - Cuando el hombre pecó en el jardín del Edén, trajo para nuestro mundo la muerte - la naturaleza del diablo. A partir de esa acción, el diablo pudo intervenir en nuestra vida, haciéndonos sufrir. Él "obtuvo" el derecho de estar aquí en este mundo y trajo con él a todos sus "ángeles" - los demonios. Desde entonces, el hombre ha pasado por toda clase de sufrimiento.
Nuestro destino sería más terrible. Para siempre estaríamos condenados a la perdición y, en las manos del enemigo, estaríamos condenados a la tortura eterna. Pero Dios que es rico en misericordia por Su gran amor con que nos amó, envió a Su Hijo amado para morir en nuestro lugar. Él, es el Hijo de Dios, es una de las personas que componen la Santísima Trinidad. Dejó Su gloría y bajó a este mundo sucio y perdido, tomando la forma de hombre y rebajándose de una manera radical, para librarnos completamente de las manos del maligno.
Llegó el día: Él permitió que lo prendieran, que lo condenaran y lo clavaran en una cruz. Ahí, Él estaba en nuestro lugar. Mientras sufría, el Padre lo asistía. Pero, cuando Él asumió nuestros pecados, fue abandonado por el propio Dios, fue separado del Señor, así como Adán lo fue en el Paraíso. Adán fue separado cuando pecó, el Señor Jesús no pecó, por consiguiente, nunca se volvió pecador; pero se hizo pecado en nuestro lugar. Después que fue desligado del Padre, Él exclamó: “...Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado”? (Mt. 27:46)
El cuadro fue muy triste. Él bajó al infierno donde pagó todas nuestras deudas, sufriendo con todo lo que nosotros tendríamos que sufrir. Recibió en Él todas nuestras enfermedades, nuestras transgresiones e iniquidades, así como nuestro castigo. Cuando el Señor vio que todo el trabajo estaba listo, que ya no había más ningún sufrimiento que fuese necesario hacer para la redención del hombre, el Espíritu Santo bajó al infierno y resucitó a Jesús. Y, en ese momento, exactamente en ese mismo momento, Él también nos resucitó (Ef. 2:4-7). Hoy, la provisión para la salvación, para la cura y para la solución de todos los problemas del hombre es una garantía.
Remedio - Nadie debe aceptar ninguna clase de sufrimiento en su vida. La obra redentora del Señor Jesús es suficiente para que cualquier persona se liberte de cualquier ataque del enemigo. San Pablo, escribiendo a los romanos, nos dio la fórmula para que esa verdad se manifieste en nuestra vida: “Que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y si crees en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo”. La palabra “salvo” fue traducida de la palabra griega sozo que significa curado, libertado, preservado y salvo. Confesarse al Señor Jesús es todo lo que usted necesita hacer para adquirir lo que Él hizo a su favor.
Usted, como cualquier otra persona, estaba eternamente separado de Dios. Su destino sería el más tenebroso. Mientras estuviera aquí en este mundo, el diablo podría poner en usted enfermedades, dolores, iniquidades, transgresiones y toda clase de castigo. Ahora no. Las cosas cambiaron de rumbo. Ahora, él está derrotado, vencido y no tiene las llaves de la muerte ni del infierno (Ap. 1:18). Para que usted esté libre de la destrucción eterna, basta confesarse al Señor Jesús. Pero no es sólo confesar que el Señor Jesús es su Salvador, sino, confesarse a Él. Es decirle con toda sinceridad que ahora usted entiende que Él lo sustituyó llevando en Él todo lo que usted debería llevar, y que, por consiguiente, usted lo acepta como su Salvador, Substituto y Señor. En el momento que usted haga esto, estará completamente salvo. Haciendo esta clase de confesión, puede estar seguro que, cuando sus ojos se cierren aquí en la tierra, irá al Paraíso con Él.
Pero San Pablo nos dijo que también debemos creer que Él resucitó de entre los muertos. En Romanos 4:25, Él nos explica mejor eso. En la resurrección de Jesús, nosotros fuimos justificados - inocentados. Entonces, cuando usted cree que Él lo sustituyó y que resucitó para su justificación, el diablo pierde todo el derecho que tenía en su vida. Es como si Adán no hubiera pecado, y, por consiguiente, como si él, el diablo, nunca hubiera tenido derecho en usted. Ahora, con todo ese entendimiento, usted puede y debe reprender a todo ataque diabólico en su vida y ser completamente libre de sus sufrimientos. Entienda que la Palabra de Dios es su remedio. Ella debe usarse contra todo y cualquier ataque del enemigo. Eso funciona en este exacto momento, ahí mismo dónde usted se encuentra. Tome la decisión, reprenda a ese mal en el Nombre de Jesús y viva completamente libre de todos los males.
Misionero R. R. Soares